Compañía de Comunicación

Los últimos estudios destacan algo que ya intuíamos todos. La verdadera brecha digital no tiene que ver con la clase social, el nivel de educación o la pertenencia a zonas rurales. Existe una sutil frontera que separa a los analfabetos tecnológicos de los nativos de la nueva era: la edad.

A partir de los 45 años la curva de usuarios de nuevas tecnologías desciende abruptamente, hasta el punto de existir un auténtico riesgo de exclusión social en las personas de más edad. Es curioso que la marginación adopte nuevos rostros y perfiles, y el refractario a las redes sociales y al uso pleno del teléfono móvil pueda descender al pozo de la marginación. Qué lejos estamos de tiempos como los de la Primera Guerra Mundial, cuando varias grandes batallas se perdieron porque los generales al mando se negaban a ponerse al teléfono por la aversión que les producía aquel extraño artilugio. Ahora existe un nuevo tipo de pobre: el vagabundo tecnológico, un ser incapaz de lidiar con un ratón, un SMS o el correo electrónico.

Ha llegado la hora de una nueva clase social, la de los jóvenes hiperconectados con independencia del tamaño de la población donde vivan, sus estudios o el dinero en cuenta corriente. Aun así, como en todo, la nueva clase presenta sutiles diferencias de unas regiones a otras. En Euskadi, por ejemplo, somos más dados al inacabable tejer y destejer de las redes sociales y a la descarga de contenidos de Internet que en el resto de las regiones de la Unión europea. Queda, también, una pena: la sospecha de que la pobreza siempre adopta nuevas caras con independencia del nivel de desarrollo de la sociedad.

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